El terror de los pitufos

comicopera la pitufina

Por Enric Ros

Los pitufos #4. La pitufina
Peyo
Norma editorial, 2013
Formato: Cartoné, 64 págs. A color. Precio: 11 €

Aprovechando que Norma editorial ha reeditado la colección de Los pitufos, revisamos este pequeño “clásico” del cómic francobelga, desde la óptica de los estudios de género.

En El terror de las chicas (The Ladies Man, Jerry Lewis, 1961) Jerry Lewis interpreta a un joven nerd que, tras un traumático fracaso sentimental, decide apartarse para siempre de las mujeres; sin embargo, el azar provoca que termine trabajando en un colegio de señoritas, donde Jerry deberá enfrentarse a sus miedos y aprender a relacionarse de una nueva forma con lo femenino. Como también ocurre en La ciudad de las mujeres (La città delle done, Federico Fellini, 1979), El terror de las chicas satisface una fantasía netamente masculina (ser el único “gallo del corral”), al tiempo que plantea un contraste argumental basado en la llegada del forastero (el otro, el diferente) enfrentado a un entorno homogéneo y hostil. Utilizando la tradicional fórmula de “la guerra de los sexos”, La pitufina –la tercera de las historias de Los pitufos creada por Peyo en 1967– invierte esta situación, presentando a la primera chica pitufo en una aldea poblada únicamente por varones. De hecho, dándole la vuelta también al modelo bíblico, para Peyo, la pitufina es en realidad una creación diabólica, un invento de un Gargamel ávido de venganza. Combinando los mitos de Frankenstein y el Golem, el brujo crea una figurita –“una muñequita preciosa” que los vuelva locos a todos, según sus propias palabras– con el único objetivo de desestabilizar a los miembros de la aldea pitufa, utilizando para ello una fórmula mágica cuya composición resulta ser un elocuente retrato de la feminidad en su tradición más misógina. “Una pizca de coquetería… (…) un cerebro de lagartija… polvo de lengua de víbora… un quilate de simpatía… un puñadito de cólera… un dedo de mentirijillas… un dedal de glotonería… un cuartillo de mala fe… una pizca de inconsciencia… un soplo de orgullo… una pinta de envidia.. un poquitín de sensiblería… una medida de tontería y una medida de astucia… mucho ingenio y mucha obstinación…”. Por increíble que pueda parecer, ésta es la fórmula magistral, contenida en el tratado “Magicae Formulae” de ediciones Belcebú, del que se sirve Gargamel para llevar a cabo su más terrible plan de venganza sobre los pitufos: nada más y nada menos que ¡enviarles una pitufina!

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La rubia y la morena. Dualidades hitchcokianas en Los pitufos

Pero, ¿cómo puede ser que, hasta el momento, nunca haya existido una mujer pitufo? ¿Debemos suponer que los pitufos vivían hasta ese momento en armonía justamente por la ausencia de mujeres en la aldea? Sin duda la historia resume a la perfección el punto de vista del relato “patriarcal”, en el que los hombres son la norma y las mujeres la excepción. Es lo que la poetisa y ensayista feminista Katha Pollitt denominó justamente “el principio de la pitufina”, en un célebre artículo a propósito de los programas infantiles de entretenimiento, escrito para el New York Times en 1991. En la primera parte del álbum, la pitufina no vuelve locos a los pitufos con sus encantos –como había planeado Gargamel– sino mediante un comportamiento que para los varones resulta incomprensible y a la postre desesperante. La pitufina es una caricatura de la feminidad vista desde una óptica patriarcal: presumida, charlatana, distraída y un tanto caprichosa… (un personaje estereotipado, sí, pero no menos que los otros habitantes de la aldea, definidos siempre por un rasgo fundamental de carácter). Sin embargo, como su presencia resulta insufrible para los pitufos, Papá Pitufo toma una drástica y sorprendente decisión: someterla a cirugía estética. Papa Pitufo consigue rehacer así la obra “fallida” de Gargamel creando una criatura más acorde con los deseos de su comunidad, cuya presencia física recuerda en cierto modo a la Brigitte Bardot de Y Dios creó a la mujer (Et Dieu créa la femme, Roger Vadim, 1956). La pitufina deja pues de ser morena para convertirse en rubia, tal y como le ocurre a la Kim Novack de Vértigo, de entre los muertos (Vertigo, Alfred Hitchcok, 1958). La nueva pitufina –otra creación masculina– es ahora una especie de “sirena” capaz de enamorar a todos los pitufos y de llevarlos incluso a la locura (en este caso, consiguiendo que el Pitufo Poeta active la palanca de la presa que inundará todo el poblado; el equivalente de la manzana bíblica en esta historia). Pero la pitufina no es ninguna malvada sino más bien una dumb blonde a lo Marilyn Monroe que parece no ser consciente de su potencial “devastador” para el hombre, pero que, finalmente, siguiendo el relato tradicional, decide sacrificarse por el bien del poblado.

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La fórmula para crear una pitufina, según Gargamel

Después de todo lo narrado, surge una inevitable pregunta: ¿cómo es posible que un relato que podríamos calificar de “misógino” –aunque hay que reconocer que los pitufos varones tampoco quedan muy bien parados en esta historia– pueda ser un pequeño “clásico” del cómic francobelga? Pues quizá porque, más allá de unos planteamientos deudores de la época en que estas historias fueron concebidas, los cómics de Peyo se disfrutan todavía como imaginativas fábulas, repletas de inspirados momentos de comedia bien temperada, que recuerdan la “incorrección” de la screwball commedy o de los cuentos de hadas. Al fin y al cabo, nadie dijo que los relatos infantiles fueran cosa de niños.

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Los padres de (Kal-)El

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Por Enric Ros

Superman: La última familia de Krypton
Cary Bates y Renato Arlem
DC Comics – ecc. Colección Otros Mundos
Formato: Rústica, 160 págs. A color. Precio: 14,95€

Un “clásico instantáneo” de la línea Otros Mundos de DC, que recupera al guionista de la Silver Age Cary Bates 

Por una vez, la verdadera estrella de este cómic no es el Hombre de Acero sino su familia kryptoniana. Al mismo tiempo, el “autor” con mayúsculas no es, en esta ocasión, ningún revisionista posmoderno de los mitos superheroicos sino uno de los autores  destacados de la Silver Age: Cary Bates, un guionista que debutó a los trece años en DC, vendiendo ideas para portadas, y que con el tiempo pasaría a formar parte de la historia de la cultura popular, escribiendo más de un centenar de números de Action Comics (Superman) y Flash, además de crear la primera colección dedicada a Supergirl, entre otros hitos. Sin embargo, Superman: La última familia de Krypton no es un mero ejercicio de nostalgia para devotos del comic-book clásico. Bien al contrario, se trata de una osada heterotopía que propone una imaginativa reinvención del mito que, como siempre ocurre en la colección Otros Mundos, no colisiona con la versión oficial de DC.

El guionista Cary Bates, convertido en musculoso villano hippy

El guionista Cary Bates, convertido en musculoso villano hippy, en Flash #228 (1974)

El relato parte del clásico y fecundo esquema del what if: ¿qué ocurriría si los padres de Kal-El, Jor y Lara, hubieran llegado también a la Tierra? La propuesta de Bates –quien, tras años alejado de los comic-books, regresó en 2010 a DC con este especial, demostrando estar en plena forma–  acrecienta las reminiscencias “crísticas” ya presentes en los diversos orígenes “oficiales” del héroe. Inicialmente, el prometido regreso de Dios a la Tierra se encarna en la mesiánica presencia de un Jor-El omnipotente que, a medida que envejece, se parece cada vez más a Marlon Brando (del mismo modo, que el Superman adulto se convierte en un sosias de Christopher Reeve). Pero pronto, la emancipación conyugal de Lara otorga nuevo brío a un relato que cobra así hechuras de clásica Women Picture. A la (anti)utopía científica de Jor, Lara opone su carisma de sacerdotisa new-age –fundadora de una nueva religión, la Raología–, dispuesta a traer consuelo a unos humanos que, a ojos de los evolucionados kryptonianos, se revelan seres prácticamente primitivos. Pero todo Dios salvador necesita su Judas, claro está. Y ahí es donde hace su aparición el ínclito Lex Luthor, presentado aquí como un self-made man, un cerebro portentoso pero, ay, demasiado humano, carcomido por los celos ante los atributos “divinos” – al fin y al cabo un don recibido, sin mérito ni esfuerzo– de Kal.

Los El, condenados a vivir en un mundo primitivo llamado Tierra

Los El, condenados a vivir en un mundo primitivo llamado Tierra

El buen hacer del dibujante brasileño Renato Arlem –mención especial merecen también las portadas, en la línea ultrarrealista de Alex Ross, del  también brasileño Felipe Massafera– contribuye a redondear la excelente deconstrucción superheroica emprendida por Bates. Hay aquí, la emoción de la mejor SF clásica, combinada con  ribetes expresionistas –¿no es éste, al fin y al cabo, un relato clásico de mad doctors?–, delicioso aroma camp y buenas dosis de ironía (el pelirrojo Luthor es reconocido por su mentor Kal-El por haber inventado ¡un crecepelo!, entre otras bromas privadas para los lectores de Superman).  La cuidada edición –como ya es costumbre en ecc– de este “clásico instantáneo” incluye un interesante artículo sobre los padres de Superman y fichas de los autores, a cargo del especialista Enrique Ríos.